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Minucias y completitud
Las minucias parecen opuestas a la completitud. Por eso a veces exasperan. Nacidas del deseo legítimo de control —vivimos en un mundo pétreo y lleno de asperezas, que escapa al dominio de la mente predadora— lo cierto que la atención a las minucias convierte el entorno en manejable, cómodo, vivible. Nos transporta al confort de los animales estabulados: un tiempo de recuperación, un regodeo en los placeres sencillos, una ausencia de búsqueda de parajes más verdes, un espacio entre el sudor del esfuerzo y el hambre de la carencia.
La calma y los dragones
Todos tenemos múltiples yos escondidos en las entrañas. En cierto modo, cada uno de ellos nos empuja en una dirección, y nosotros avanzamos torpemente en un zigzag tratando de atenderlos, llevando finalmente un rumbo que más o menos aglutina lo deseado por tantos personajes —si hemos tenido la suerte de ser conscientes de todos ellos o, al menos, de una parte considerable —.
Creatividad
Antiguamente se pensaba que las ideas no son propiedad de nadie sino que, más bien, revoloteaban por el aire hasta encontrar una mente propicia a través de la cual colonizar un ser humano y cobrar vida través de sus manos, como si de una energía electrizante encarnada se tratara.
Serenidad
Serenidad como sensación del cuerpo. Tras un tiempo de meditación —atención focalizada primero; abierta después— el ritmo respiratorio se pausa. El cuerpo se ablanda, consciente de la falta de amenazas. Los ojos parecen “ver” de nuevo, como si despertáramos de un sueño. La sonrisa asoma con facilidad. Y, lo más curioso, este estado del cuerpo se transforma en uno de la mente que, en cierto modo, se caracteriza por la ausencia de deseo.
Claridad
Hay días en los que la experiencia amanece teñida de claridad. ¿Qué significa esto? Que los árboles son árboles; la brisa, brisa; y las palabras de los otros, simplemente palabras. Por supuesto, cada fenómeno viene acompañado de una cierta emotividad. Eso sí, tan tibia, que uno parece bucear en aguas cristalinas. Tan transparentes como si el cuerpo levitara en la habitación.
Sin tiempo
Los instantes discurren a menudo como el torrente de un río: rápido, imprevisible, veloz. Con violencia, incluso. Golpeteando las piedras como en un maltrato: sin tener en cuenta el alma de la roca, si la tuviera (¿acaso el animismo no danza a veces con la intuición?). El dolor añadido, por supuesto, es desear que las cosas sean de otra manera. Sin embargo, nos adentramos en tiempos cada vez más veloces, y luchar porque esto sea distinto es pelearse con el cielo porque cambie su tono azul.
Sin aliento
Sin aliento. Es lo que nos ha tocado. A los que comenzamos a peinar canas nos chocaba una carrera que quizás has presenciado: la de esas personas que parecían pugnar por “quién lo pasaba peor”. ¿Cuál es nuestra competencia? Quién tiene menos tiempo, quién más faena, quién da más vueltas sin sentido en la rueda del ratón.
Florecer tras la podredumbre
Es importante acostumbrarse a morir. Esto es, dejar que te arrase una apisonadora y saber que, momentos después, te sacudirás el polvo y emergerás de la tierra, como si nada hubiera sucedido. Siempre renacemos…
Premura
La impaciencia se siente, sobre todo, en el cuerpo. Es una suerte de premura que nace de una insatisfacción profunda: esto que hay ahora no es suficiente, no basta, no es importante. Lo curioso es que así es todo el flujo de la existencia —a excepción de los rayos fulgurantes de orgasmos ciertos, metafóricos y figurados—. Por lo general, el instante presente puede ser tildado de insulso, intrascendente, anodino, agotador. Y, sin embargo, es la consciencia la que transforma.
Presunta normalidad
Hay momentos en los que uno se pregunta, ¿por qué escribir? Si nada sucede digno de mención —tremenda expresión—, si el tiempo se desliza como por una ladera tan suave como imperceptible, si hay hasta placer, pero tan sutil que podría pasar inadvertido.
La magia está en la mirada. En la atención que se torna granular, que ahonda en los detalles, que vagamundea con curiosidad de niño.
Suavidad
La mayor suavidad se produce, a menudo, de manera inesperada.
Ocurre al deslizarse en los meandros del discurrir de la vida sin más expectativas que el aprecio de esta piedra, este musgo, esta brisa ligera, este pájaro oteador.
Entonces es cuando te das de bruces con la felicidad. Una sensación tan sutil que podría pasar inadvertida.
El fin y su proceso
Una antigua historia cuenta cómo una madre sollozante llegó ante el Buddha, suplicando por la curación de su hijo fallecido. Este le dijo: “Cuando traigas tres semillas de mostaza procedentes de un hogar que no haya sido visitado por la muerte, te ayudaré con lo que pides”.
Placidez
¿Por qué en la turbulencia, en la intensidad, es donde parece que con más facilidad afloran las palabras? Creo que hay varias razones para ello: por un lado la inquietud del alma se asocia con una Red Neuronal por defecto activada, una maraña de pensamientos enfocada a la supervivencia…
Del coraje, el abismo y ‘acertar’
¿Sabes qué es lo más importante del coraje?
Que, para existir, requiere del miedo.
Que son dos caras de la misma moneda, dos partes del mismo proceso, la luz y la oscuridad de la misma habitación.
El miedo es la tiniebla, la fiera que imaginamos al acecho, la ponzoña que amenaza con la asfixia, la pérdida, el ahogo ineludible.
El coraje es saltar sin saber en qué momento surgirá el suelo bajo los pies.
En proceso
Hay momentos especialmente gustosos en los que podemos saborear el cambio. Cierto es que, en el fondo, nada hay más que transformación. La belleza, el asombro, está en la textura del cambio. Ora veloz, como los rápidos de un río que se precipitan por la escarpada montaña. Ora un remanso, aparentemente quieto y, sin embargo, transitante…
El fuego de un comienzo
Nos fascinan los nacimientos: los seres pequeñitos, sonrosados y turgentes; la plántula que se abre paso entre la tierra negruzca; las ideas que, de la nada, se tornan centellas fulgurantes. Sin embargo, olvidamos que todo comienzo tuvo un final que lo anticipó: que el nacimiento es posible porque hubo muertes que lo precedieron…
Visión (un anhelo)
Esta es la paradoja del ser humano: anhelamos una brújula, una Estrella Polar, algo que sea cierto, estable, verdadero. Y a la vez, lo único que existe, de alguna manera, es este instante, en el que se funde la Tierra concretada con el sueño de la consciencia encarnada.
Primavera agostada
Camino entre las arboladas de un pequeño rincón sombreado en los Montes de Toledo. La primavera muestra, cansada, atisbos de sus esplendor.
Destellos en la negrura (presencia)
Un “juego” literario y una de los ejercicios creativos que más disfruto es mostrar, a través de la escritura, como cada momento, por romo que parezca, es único, especial, distinto y dotado de la posibilidad de ser amado. Hay una forma sencilla de hacerlo: visualiza ahora el futuro y nota cómo esta circunstancia, con toda seguridad, un día no existirá. Este momento, quizá, cobre entonces una nueva dimensión