Serenidad

Serenidad como sensación del cuerpo. Tras un tiempo de meditación —atención focalizada primero; abierta después— el ritmo respiratorio se pausa. El cuerpo se ablanda, consciente de la falta de amenazas. Los ojos parecen “ver” de nuevo, como si despertáramos de un sueño. La sonrisa asoma con facilidad. Y, lo más curioso, este estado del cuerpo se transforma en uno de la mente que, en cierto modo, se caracteriza por la ausencia de deseo.

El deseo es para nosotros como el agua para los peces: vivimos tan inmersos en él que ni lo vemos. Nuestra cultura no solo lo alienta, sino que lo espolea. Como un caballo desbocado, terminamos por dejar de gobernarlo para ser impelidos por él. El resultado, una sensación de urgencia que es, al tiempo, excitante y agotadora. Vibrante y vacía. Emocionante, intensamente placentera y también descorazonadora, como una muerte lenta. Como si, al cabalgar de un pico de dopamina al siguiente, nos olvidáramos de nosotros mismos y de aquello que nos importa.

En la serenidad profunda no habita el deseo. A la vez, se trata de un estado volátil, que no podemos sostener, al menos si llevamos una vida “normal”, de esas que el buddhismo llamaría “samsárica”, visitada de cuando en cuando por los “tres venenos”: el deseo exacerbado, el rechazo y la ignorancia, o “no ver” en qué consiste la vida. La serenidad sostenible (con sus altibajos) abraza el anhelo honesto a la vez que mesurado como una parte más de la existencia.

Distinguimos, además, entre el deseo compulsivo y el saludable, que trata de aportar al mundo de forma sostenible, es decir, disfrutona, alegre o amorosa.  En esa danza de la vida entre lo que anhelamos y lo que se nos ofrece, es de vital importancia dejarnos sorprender. Saber que, a veces, nuestros sueños no son más que el desvarío inflamado de un ego que se sabe inexistente. Notar cómo, cuando el globo se deshincha, se trata en el fondo de un regalo que nos ayuda a volver al centro de nosotros mismos. A aquello que de verdad importa, a aquel lugar desde el que podemos contribuir a la comunidad.

El lenguaje de la vida es complejo y en ocasiones no alcanzamos a entender sus palabras. No logramos construir un sentido que nos sea útil y que, a la vez, incluya al mundo, al movimiento de la vida, a todo aquello que es mayor que nosotros y donde, como en la corriente de un río, navegamos. Ay si pudiéramos ver el río, e incluso el océano, en vez de quedarnos anclados en nuestro pequeño yo y su pánico a la aniquilación, cierta o imaginada.

Asentarnos en los momentos de serenidad nos pone en contacto con otra “realidad sentida” y posible. Habituarnos a que existe es un regalo en mitad del maremágnum en el que a nos hallamos inmersos.

La maravilla es el cambio, que nos permite alternar el caos, los margenes, las fronteras entre distintas corrientes en las que asoma el flujo salvaje de la vida naciente… con la calma, el movimiento pausado y aparentemente estático (y ciertamente extático), la alegría profunda, de la serenidad.

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