Premura
La impaciencia se siente, sobre todo, en el cuerpo. Es una suerte de premura que nace de una insatisfacción profunda: esto que hay ahora no es suficiente, no basta, no es importante. Lo curioso es que así es todo el flujo de la existencia —a excepción de los rayos fulgurantes de orgasmos ciertos, metafóricos y figurados—. Por lo general, el instante presente puede ser tildado de insulso, intrascendente, anodino, agotador. Y, sin embargo, es la consciencia la que transforma.
Cada mañana, en la meditación cotidiana, percibo una sensación de completitud redonda, esencial, reposada, satisfactoria. Es una vivencia que contrasta con otra quemazón que me azota durante el día: la de mil objetivos que persigo como el asno su zanahoria. Esa falacia infame de que solamente seré feliz cuando... complete la línea a su parecer.
Lo único que me salva es la consciencia de la trampa, la mentira. El saber que solo puedo ser feliz ahora, porque la felicidad es, en esencia, un hábito de gratitud, aprecio y amor por aquello que ya está aquí.
Aun así, acojo la impaciencia. Sé que el deseo puede ser tremendamente doloroso si lo tomo como un mandato, como un criterio que designa el éxito o el fracaso. A la vez, marca un rumbo de crecimiento. Una senda que una parte de mí muy interna está llamada a recorrer.
La premura me aleja de la completitud de este instante, de su redondez. La paradoja, el juego, estriba en que la premura es ya parte del ahora. Es muy real y, por tanto, un elemento digno de contemplación.
El primer atisbo de la impaciencia es la inquietud en el cuerpo. Parece que uno quiere salir corriendo en pos de un objetivo que solo existe en la imaginación. El segundo, la insatisfacción. Una ira contenida y casi crónica que embarra la percepción e impide ver lo luminoso de lo que es. Lo tercero, el impulso a la acción, que parece que no será satisfecho si uno no es capaz de alcanzar la Luna de un solo salto. Después, la elección. El momento en el que se es capaz de parar y darse cuenta de la bifurcación entre asentarse en el cinismo y la frustración por no alcanzar la Luna ni nada que se le asemeje, o elegir el camino en el que la Luna deja de ser un objetivo, para convertirse en un rumbo que nos conduce a parajes... interesantes.
Entonces es cuando la premura ha cumplido su función. Cuando descansamos en el placer de cada paso y la ilusión se pulveriza, como un cristal espejado que se transforma en las ondas sinuosas de un estanque.
Es en este momento cuando la ilusión de la mente se resquebraja y la reconocemos como lo que es: una brújula conectada al magnetismo del corazón que traza el camino a seguir, sin saber a ciencia cierta qué es lo que encontrará. Y que aquello que encontramos de manera inesperada suele ser, lejos de horrendo, lo más maravilloso.