Florecer tras la podredumbre

Es importante acostumbrarse a morir. Esto es, dejar que te arrase una apisonadora y saber que, momentos después, te sacudirás el polvo y emergerás de la tierra, como si nada hubiera sucedido. Pero la muerte, simbólica, tiene esa cualidad abrumadora: nos sepulta, nos parece que, esta vez sí, no podremos más. Nos sume en la desesperación de pensar que no hay salida y quedaremos enterrados, a riesgo de perecer de asfixia.

Siempre renacemos. La muerte es cierta, no cabe duda, como es la desaparición cotidiana del ego que experimentamos cada noche, cuando suavemente se disuelven las fronteras que creíamos tan sólidas. No cabe duda, también, de que después vendrá un nuevo amanecer.

Según la cosmología buddhista vivimos un ciclo continuo de muertes y renacimientos en los que, en cada vida, cosechamos los frutos de la anterior. Me sitúo en la certidumbre de lo incierto pero sí sé, con toda la seguridad posible, que vivimos muertes y renacimientos continuos, y que en eso sí podemos confiar.

Existe la dureza, también. Situaciones que se perpetúan y hasta parecen eternizarse. ¿Podemos llevar una mirada de principiante a esa vivencia que nos enoja, rebela y dibuja los barrotes de la cárcel de la conciencia? ¿Podríamos conocer las necesidades profundas y saber que siempre, siempre, hay una manera de satisfacerlas? Soltar el aferramiento a un resultado imaginado y dejarnos mecer por la infinitud de posibilidades, abrirse al juego, a conocer desde la exploración, es el único camino cierto para navegar el pánico a lo desconocido. Esa bruma que confunde y constriñe la mente y nos lleva a la parálisis en el fondo, la única muerte real.

Pero, para jugar, a veces hay que dejarse atravesar primero. Esto es: dejarse sentir la angustia, planear sobre la certeza de que la ilusión de la finitud nos ha atrapado y sumido en la tristeza de un callejón sin salida imaginado.

Créeme: siempre hay una salida, un vericueto a través del cual continuar el camino. Y esto no quita que en ocasiones haya que transitar esa dureza, descansar en las sensaciones del cuerpo y saber que sí, que esto también pasará.

Podemos conectar con la certeza de que habrá un tránsito final en el que nos disolveremos, como en la noche, pero sin renacer —no como este ‘yo’ que conocemos, al menos— , y lo mejor de todo: que nos trascenderá aquello que sembramos con cariño, atención sencilla y, ¿por qué no?, una cierta diversión.

Anterior
Anterior

Sin aliento

Siguiente
Siguiente

Premura