Sin tiempo
Los instantes discurren a menudo como el torrente de un río: rápido, imprevisible, veloz. Con violencia, incluso. Golpeteando las piedras como en un maltrato: sin tener en cuenta el alma de la roca, si la tuviera (¿acaso el animismo no danza a veces con la intuición?). El dolor añadido, por supuesto, es desear que las cosas sean de otra manera. Sin embargo, nos adentramos en tiempos cada vez más veloces, y luchar porque esto sea distinto es pelearse con el cielo porque cambie su tono azul.
A veces, por supuesto, movilizarse en el torrente no es una carrera, sino un baile: depende de si sabemos que, en última instancia, nada hay que importe, ni nos va la vida en aquello que tengamos entre manos, ni seremos más o menos —esencialmente— por obtener uno u otro resultado. Quizá lo que importa es, sencillamente, el cariño, la alegría con la teñimos cada acción, incluso si hacemos esto de manera voluntaria —esto es, con un cierto esfuerzo— porque el patrón es seguir acarreando el pesado fardo de la culpa, el yo resquebrajado, las cargas de los antaños sostenidas con dolor.
Pero, ay cuando arrojamos esa carga al río de la vida. El agua se torna entonces alegre y cantarina. Las rocas que pulen el alma son más amables, convertidas ahora en aristas redondeadas que nos cincelan. Incluso, se pueden recubrir de la blandura suave de la compasión, que es como un abrazo en la noche fría y oscura. Como un refugio en medio de la tormenta más inclemente.
La prisa de nuestros tiempos son algunas de las rocas del río que nos tornean. Y, para qué engañarnos, muy a menudo duele el no poder dedicar este tiempo precioso a caminar unos pasos en el rumbo que ejerce su magnetismo sobre nosotros. Pero quizá ese obstáculo es parte del camino, como si la senda susurrara, en un suspiro: “Crees que no tienes tiempo, pero el tiempo se crea. ¿Qué pasa si arañas unos minutos para recorrer el sendero en pos de la luz del Sol?”. Te digo lo que sucede: que la luz se hace más grande, más intensa, hasta llenar el cuerpo y colmar el alma, y saciar una sed que permanecerá contigo mientras vivas y que, a la vez, te conduce al néctar y la ambrosía.
Esta es la senda de la vida: sentir el agua fresca que cabalga saltarina por el río, ora manso, ora veloz, y notar cómo las piedras nos redondean y, a la vez, podemos recubrir su dureza con la blandura suave de la compasión. Y cómo al abrazar, nos abrazamos. Y no hay diferencia entre abrazar a al otro y hacerlo a uno mismo. Aunque a veces parezca distinto. Aunque a veces vivamos en la separación. Reconforta saber que existe la posibilidad de, de cuando en cuando, morar en el reencuentro.