Minucias y completitud 

Las minucias parecen opuestas a la completitud. Por eso a veces exasperan. Nacidas del deseo legítimo de control —vivimos en un mundo pétreo y lleno de asperezas, que escapa al dominio de la mente predadora— lo cierto que la atención a las minucias convierte el entorno en manejable, cómodo, vivible. Nos transporta al confort de los animales estabulados: un tiempo de recuperación, un regodeo en los placeres sencillos, una ausencia de búsqueda de parajes más verdes, un espacio entre el sudor del esfuerzo y el hambre de la carencia.  

El manejo hábil de las minucias modifica, ciertamente, el mundo, y facilita la vida. Es imprescindible para llevar una vida cómodamente humana. A la vez, cuando quedamos prendados en ellas desaparece la sensación de completitud, de no necesitar cambiar nada y poder habitar, sin lucha, el estado de sencillamente ser.  

La paradoja es continua y, probablemente, la única solución sea la de habitarla y dar cuenta de que esto es así. Por un lado, tenemos acceso a la completitud, ese estado cercano al de los buenos sueños por el que parece que sentimos cierta añoranza, como si una parte de nosotros recordara un universo sutil y ligero, sin tanta fricción ni aferramiento. A la vez, el terreno pedregoso que habitamos nos ancla a las minucias, al análisis de las partes que componen la materia y al sutil o evidente arte de las causas y consecuencias. Una ley inexorable.  

Si conoces las delicias de ese entorno en el que no hay dificultad sentida, en el que no estamos rotos ni incompletos, conocerás también la añoranza de ese estado, que se da a menudo cuando, ciertamente, necesitamos desfacer entuertos: sean estos financieros, domésticos o familiares, si no nos ocupamos de esos asuntos —tareas necesarias para sostener la vida— parece que esta, construida con tanto esfuerzo, se pudiera desmoronar. Y en algún momento lo hará, no tengas dudas. Eso sí, sobre las ruinas nacerán nuevos paraísos efímeros y mutables.  

Lo importante ahora es si podemos reconciliar la sensación de completitud con la atención a las minucias. En la filosofía zen, de corte eminentemente práctico, lo tenían muy claro: antes de la iluminación, “corta leña, lleva agua”. Después de la iluminación, “corta leña, lleva agua”. Las minucias son indisolubles al despertar, el despertar es uno con las minucias.  

En el automatismo, sin embargo, ambas vivencias aparecen como separadas, fragmentadas. ¿Cómo resolver tamaña contradicción? 

Quizá solo queda respirar y recuperar el contacto con lo sensorial: el apoyo del cuerpo sobre la silla, el ir y venir de la respiración. Dar cuenta de que seguimos en el inacabable discurrir del tiempo y que, a la vez, podemos observar su flujo.  

Y, con ello, volver a lo diminuto, reconocer la hondura de los objetos, su parte también tierna y mutable. Descansar en lo pequeño. Descubrir la posibilidad de actuar sin aferramiento, sin tratar de conseguir nada. Y notar cómo, entonces, el cambio y el espacio sin tiempo se funden, en una suerte de abrazo.  

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