Placidez

¿Por qué en la turbulencia, en la intensidad, es donde parece que con más facilidad afloran las palabras? Creo que hay varias razones para ello: por un lado la inquietud del alma se asocia con una Red Neuronal por defecto activada, una maraña de pensamientos enfocada a la supervivencia, aun cuando el cuerpo se encuentre en el seno de la opulencia occidental del siglo XXI. Por otro, allá donde hay malestar, aflora la atención. Se asemeja a una llamada: ¿qué pasa aquí? ¿Qué podemos ­o no ‘arreglar`? ¿Qué está roto, que ha de ser reparado, dónde llevar eso que surge en automático, aquello de lo que tanto sabemos, que es el ‘modo hacer`?

En la placidez parece que las palabras están ausentes, como si no fuera necesario poner en marcha la corriente de pensamientos y pudiéramos descansar en la pura percepción. En contemplar el verdor por la ventana, su contraste con un cielo gris y el naranja de las tejas. En sentir el cuerpo descansado, escuchar el canto de los pájaros y la voz suave de los niños, como un gorgojeo.

En estos momentos, percibimos las sensaciones como, sencillamente, lo normal, y por ello no les damos valor, se deslizan por el tiempo de manera inadvertida. Y, sin embargo, se trata de aquello que añoramos cuando la suavidad del instante se resquebraja, por un conflicto abierto o soterrado, una enfermedad, una carrera alocada por seguir el ritmo de una sociedad cada vez más frenética, más rápida, más dinámica, con remansos de paz cada vez más escasos y, por ello, preciosos, especiales, poderosos.

La placidez es, en cierto modo, el descanso del guerrero. Un tiempo en el que podríamos estar eternamente y que, a la vez, sabemos limitado. Una sensación de que “así deberían ser las cosas” y, al tiempo, la consciencia de lo particular de la situación. Carpe Diem, aprovecha el momento, porque el momento vuela, lo aproveches o no.

En estos momentos siento la placidez como un remanso entre dos mundos, dos fronteras, dos frentes que sé que me aguardan. La celeridad de las obligaciones, la tragedia de la finitud y la enfermedad de mis seres queridos. La urgencia inocente de los pequeños que dependen de mí.

En la placidez tomo fuerzas, me reconstruyo, y contacto de nuevo con una parte muy esencial de la vida.

Quizá, ser humano, en el fondo es esto. El nirvana encontrado de saber que todo está bien.

O quizá esto es, tan solo, el silencio, el espacio en el centro del huracán.

En el fondo, ambas cosas. No hay certeza mayor que la de los opuestos encontrados.

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