Claridad

Hay días, menos de los que quisiéramos quizá, en los que la experiencia amanece teñida de claridad. ¿Qué significa esto? Que los árboles son árboles; la brisa, brisa; y las palabras de los otros, simplemente palabras. Por supuesto, cada fenómeno viene acompañado de una cierta reacción en el cuerpo que se presenta como agradable o desagradable y que, por ello mismo, despierta una emotividad. Eso sí, tan tibia, que uno parece bucear en aguas cristalinas. Tan transparentes como si el cuerpo levitara en la habitación.

Es cierto que el tono afectivo siempre existe y, en este momento, percibo un tono positivo: el descanso y la alimentación adecuadas, el haber dedicado un tiempo al juego creativo… Acciones anteriores que, ahora, permean una disposición. Tras tiempos de cuidado uno tiene la sensación de avanzar con ligereza, de actuar sin exigencia, dedicando el tiempo a aquello que es importante ahora —atendiendo necesidades con calma, momento a momento, sin premura—.

Cierto es que, para llegar a esos instantes de calma brillante, se requiere a menudo sentarse un tiempo con los propios demonios, invitarles a una taza de té y preguntarles con honestidad: ¿qué necesitáis? ¿De dónde procede este dolor? Y, ¿qué puede ser de ayuda? Y escuchar con apertura total, y dejar a un lado expectativas, y seguir a la intuición que, a veces, susurra indicaciones sin sentido.

Después, al arrojar cargas, ¡la vida se torna tan ligera! Nos encontramos en ese equilibrio, a veces frágil, entre la dificultad y la alegría, el caminar sobre piedras afiladas o el césped más mullido: intercalar los momentos de arrastrarse con los de levitar. Imagino a cada persona oscilando sobre una tabla apoyada en un cilindro que rueda sobre el suelo, ora hacia un lado, ora al otro. A la vez, ¡qué gozo esos instantes de equilibrio, con un movimiento tan tenue que un observador externo podría confundir con estabilidad! En todo caso, ¿no es esa la única estabilidad posible?

La estabilidad implica conciencia del tiempo. Porque este no se detiene y es esencial dar cuenta de que, en cierto modo, se mueve por bloques (o, al menos, así lo percibimos). “Este es el momento para esto, y este para aquello”. Cada lapso de tiempo se asemeja a un tren que pasa y que, en cierto modo, tenemos la oportunidad de no perder. Ahora, este tiempo para escribir por ejemplo. O el tiempo para meditar. Cuando vemos la oportunidad, hay que atraparla al vuelo: porque si no vendrá la culpa una parte de nosotros sabe que ese era el momento apropiado y, si nos descuidamos, una espiral destructiva que dificultará tomar el siguiente tren, aprovechar la próxima oportunidad.

Esto tiene relación con el concepto oriental de karma. Este vocablo significa acción y se relaciona con el concepto de “causa-consecuencia”. Si hoy medito, es más fácil que mañana lo haga también. Si hoy escribo, será más probable que lo haga de nuevo. Si hoy descanso de manera saludable, es más sencillo que mañana suceda. Lo curioso es que, para entrar en ese círculo virtuoso, hay momentos en los que uno tiene que actuar “a pesar de” y de manera “imperfecta”, es decir, de manera alejada a lo que, en su mente, “está bien”: posiblemente comparaciones con otras personas cuyas circunstancias no alcanzamos ni a atisbar.

Así que un día meditamos “de cualquier manera”, con la mente a cien, plagada de pensamientos destructivos. O escribimos “basura” y eso, precisamente, es lo que nos prepara para un discurso más saludable y fluido. O llenamos la mente de pensamientos como “esta noche voy a descansar maravillosamente”, aunque notemos tensión en el cuerpo y una parte de nosotros desconfíe de que pueda suceder. Empezamos donde estamos y, mágicamente, el embrollo se empieza a desembrollar. Nos movemos, suavemente, a otro lugar, más expansivo, más alineado con la vida.

Claridad, por ello, tiene que ver con empezar donde estamos. Con vaciarnos de ideas preconcebidas —y esto nos llevará, con toda probabilidad, a parajes ni tan siquiera imaginados— y con reconciliarnos con el amor por lo que es. Aunque al principio sea difícil, aunque pueda parecer tan lejano.

Y una vez alcancemos esa claridad, podemos darle espacio, amar ese instante, que comprende también los otros. Porque han sido necesarios para llegar hasta aquí. Porque la belleza no existe sin podredumbre, y la vida se expande cuando abrazamos, y cuidamos, también, el caos, lo oscuro, y aquello que ha sido pulverizado en el devenir de la vida.

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