En proceso

Hay momentos especialmente gustosos en los que podemos saborear el cambio. Cierto es que, en el fondo, nada hay más que transformación. La belleza, el asombro, está en la textura del cambio. Ora veloz, como los rápidos de un río que se precipitan por la montaña. Ora un remanso, aparentemente quieto y, sin embargo, transitante, de manera tan lenta como intensa —pasando, incluso del ser aguas tranquilas al no ser de la evaporación—.

Incluso tras la mayor de las vorágines existen momentos de aguas calmadas en las que retomar el aliento y vislumbrar, en la lejanía, el rumbo que anhelamos, o que parece sabio tomar. O, incluso, aquellos en los que habitar la experiencia nirvánica del momento presente: un regalo, una certeza, un lugar en el que descansar.

En cierto modo, es como caminar en la escarpada. Por supuesto que alcanzamos la cima y tocamos la profundidad de los valles. Pero nada existe más que el instante en el que el pie se alza y toca la Tierra y vuelve a elevarse de manera suave y con dignidad. Pasos amplios y llenos de energía; pasos titubeantes y sin certezas, que caminan en la oscuridad; pasos por terrenos pedregosos y por caminos trillados. Un paso. Y otro. Y otro más. Y, desde la apertura que da la consciencia de que son, simplemente pasos —estén en la cima o en el valle; en el terreno duro y seco, en el pasto o en el lodazal— permitir que el camino se transmute en el deslizar. Sin esfuerzo, con gratitud, recibiendo con amplitud cada momento de asombro, de dicha, de despertar.

A veces la atención se enfoca en la cima o en el valle, y desestima los tramos del camino que serpentea por bosques que parecen conocidos, por llanuras que se antojan sin sabor, callejuelas que se muestran grises e imperfectas. Olvidando —porque ignorancia es olvidar— que el asombro está en la mirada. El milagro, en la consciencia que tomemos de él. El despertar, en la mente (corazón) de quien está despierto. En retazos de cordura que podemos ampliar.

Esta es la paradoja del ser humano: su mejor expresión, y también la peor, está viva en cada uno de nosotros. A veces hacemos daño sin querer, o estamos ciegos y ni siquiera vemos los efectos del malestar sobre los que nos rodean. Otras, tocamos el cielo en la dulzura de un menester, de un camino, de un silencio o una ruidosa conexión.

Es importante abrazarlo todo. Es la única forma de que la consciencia vaya entrando en las grietas del territorio, como el agua inunda los campos. De manera aparentemente inocua y a la vez poderosa, radical.

Anterior
Anterior

Del coraje, el abismo y ‘acertar’

Siguiente
Siguiente

El fuego de un comienzo