Suavidad
La mayor suavidad se produce, a menudo, de manera inesperada.
Ocurre al deslizarse en los meandros del discurrir de la vida sin más expectativas que el aprecio de esta piedra, este musgo, esta brisa ligera, este pájaro oteador.
Entonces es cuando te das de bruces con la felicidad. Una sensación tan sutil que podría pasar inadvertida.
No me engaño: estos momentos aparentemente sencillos y, a la vez, enormemente placenteros, tienen sus causas: el cuidado del cuerpo, el descanso adecuado, las relaciones de aprecio mutuo, los tiempos de morar el silencio. Tantos pequeños y grandes fenómenos para reparar en que, en suma, no es tanto lo que necesitamos.
El viento agita las hojas del arbolillo que acompaña mis letras urbanas. El calor ardiente aguarda afuera. En la piel, sin embargo, acaricia el frescor. Descansar en el punto medio es lo más gratificante: abandonar todo aferramiento a ser alguien distinto de quien se es, la cárcel de una virtud pretendida o, en el otro extremo, la cerrazón de agradar, alzarse con una reputación, remar contra corriente con la furia de quien lucha por la vida.
Ambas premisas son falsas: no estamos obligados a ser nadie. Cada camino es propio, certero, y dará los aprendizajes necesarios (antes o después).
La presencia que atestigua es hermana de la gratitud. Llegamos desnudos, y así nos marchamos. Entretanto, mil regalos, y un sueño vivido que es o no pesadilla en función de la limpieza o turbidez del “ojo de la mente”. De la capacidad de cuidado, de soltar el ansia, cultivar el aprecio y la apertura, sin condiciones.
Entre error y error, algunos aciertos. Quizá, con pericia, cada vez más, cada vez más esenciales.
El sufrimiento no cesa, en tanto seres sensibles que somos.
Sí podemos suavizarlo, hacerlo más liviano.
Esta posibilidad nos es dada.
Y se trata de un aprendizaje que podemos fortalecer. Ahora mismo.
¿Qué está ahí ahora, dispuesto a que establezcas con ello verdadera conexión?