La calma y los dragones
Todos tenemos múltiples yos escondidos en las entrañas. En cierto modo, cada uno de ellos nos empuja en una dirección, y nosotros avanzamos torpemente en un zigzag tratando de atenderlos, llevando finalmente un rumbo que más o menos aglutina lo deseado por tantos personajes —si hemos tenido la suerte de ser conscientes de todos ellos o, al menos, de una parte considerable —.
Sin embargo, también cobijamos dragones que están dormidos y que despiertan de su letargo cuando la vida nos zarandea con especial intensidad. Al ver al más pavoroso, se dilatan las pupilas y el monstruo aparece inmenso, de colores encendidos y mirada rugiente. Por más que sepamos que se trata de un mero fantasma de la mente, su aspecto es tan terrible que nos paraliza y, por unos momentos, volvemos a ser los niños asustados que en su día sintieron terror y lo escondieron, guardándolo en las tinieblas de la consciencia, transmutado en una bestia sin forma: la más aterradora de todas.
El pequeño, que no fue entonces capaz de combatirlo porque estaba desvalido y nunca había manejado una espada, toma espacio y anhela enfrentarse, ahora sí, al dragón amenazante. Pero ay, aunque sus brazos sean los de un adulto sigue siendo, en su imaginación, una criatura diminuta e inerme y el cuerpo se vuelve a encoger, paralizado. El niño mira al gigantesco reptil con sus enormes ojos castaños y mueve su cabeza hacia los lados, en busca de la ayuda que esperaba y que nunca llegó a acudir.
Como adultos, nos gustaría tenderle la mano, pero hay un problema: cuando él está, nosotros desaparecemos, y viceversa. Así que lo vemos desbaratarse entre lágrimas, impotente, desde la lejanía, y queremos correr y abrazarle, decirle que él mismo es poderoso y que su espada está afilada, y que sabrá manejarla tan pronto como la blanda. Pero estamos lejos, y no podemos ni acunarle, mucho menos hacerle entrar en razón o infundirle coraje. El niño se queda solo, como una escultura de ojos grandes, petrificado ante la bestia, y nosotros mascullamos atolondrados palabras sin sentido, desde lejos. El dragón se pavonea y el niño se derrumba, reviviendo esta pesadilla por enésima vez, en un bucle infinito que parece no tener fin.
Hay un tercer personaje en esta historia: es el yo que observa, desde un lugar distante, al niño y al adulto, enmarañados ambos en sus propios dramas internos. El muchacho, reviviendo una vez y otra la pelea inconclusa con el dragón. El adulto, tragándose su impotencia, detenido también en su propia acción inacabada, anhelando ayudar al pequeño y encerrado tras un cristal inexistente y, a la vez, indiscutiblemente cierto.
Ese tercer personaje es el que abre la puerta para salga el niño y entre el mayor. Se le adivina una enorme paz, derivada quizá de su capacidad de abrir y cerrar la puerta, y poder medir así la intensidad de la lucha callada del pequeño. De esta forma le da tiempo para la recuperación, y permite que el adulto se dé cuenta, de una vez por todas, de que la salida se encuentra en romper el cristal imaginado y atravesar el dragón, que tan solo es niebla colorida que simula estar encarnada. Pura proyección de la mente. Magia que se ha tornado oscura y que, desde la consciencia, es posible transformar.