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Minucias y completitud
Las minucias parecen opuestas a la completitud. Por eso a veces exasperan. Nacidas del deseo legítimo de control —vivimos en un mundo pétreo y lleno de asperezas, que escapa al dominio de la mente predadora— lo cierto que la atención a las minucias convierte el entorno en manejable, cómodo, vivible. Nos transporta al confort de los animales estabulados: un tiempo de recuperación, un regodeo en los placeres sencillos, una ausencia de búsqueda de parajes más verdes, un espacio entre el sudor del esfuerzo y el hambre de la carencia.
En proceso
Hay momentos especialmente gustosos en los que podemos saborear el cambio. Cierto es que, en el fondo, nada hay más que transformación. La belleza, el asombro, está en la textura del cambio. Ora veloz, como los rápidos de un río que se precipitan por la escarpada montaña. Ora un remanso, aparentemente quieto y, sin embargo, transitante…
El fuego de un comienzo
Nos fascinan los nacimientos: los seres pequeñitos, sonrosados y turgentes; la plántula que se abre paso entre la tierra negruzca; las ideas que, de la nada, se tornan centellas fulgurantes. Sin embargo, olvidamos que todo comienzo tuvo un final que lo anticipó: que el nacimiento es posible porque hubo muertes que lo precedieron…