Fricción
Una vez más, la sensación de fricción. La vivencia de que en todo momento hay algo que no encaja, que no es como debería ser. Como si el día a día pesara y arrastráramos una rémora de incomodidad. Anhelamos dedicar tiempo a la pasión, y el día a día se ve devorado entre quehaceres, encuentros y ausencias. El cuerpo se queja y uno lo nota, deja de ser el par de zapatos cómodos que parecen no existir. El alma, o lo que sea que identificamos con ella, se inquieta, y parece que añora un mundo posible en el que los acontecimientos se deslizan suavemente, como en un sueño.
En el fondo, es la cuadratura del círculo. Un imposible que, a la vez, acariciamos de cuando en cuando. A veces, en momentos de meditación o en instantes previos a despertar, cuando habito ese espacio algodonoso en el que el cuerpo no existe y uno parece levitar, siento la añoranza de un nirvana conocido, un lugar feliz del que, pareciera, en algún momento fui arrancada.
Entiéndeme, creo improbable la vida más allá de esta, al menos en tanto en cuanto quien soy hoy. Me basta con recordar los momentos previos al nacimiento: lo mismo, entiendo, habrá después. Nada más que el vacío, que la no-existencia. Sin embargo, me intriga el territorio de lo sutil. De que aquello que emitimos desde el interior se desliza, como el impulso de las aguas del océano, y alcanza de nuevo el terreno pedregoso de lo palpable, con consecuencias insospechadas. Corrientes que identificamos con el continuo pensamiento-emoción que se traslada a la acción, y esta al destino, que discurre por la pendiente caótica de la vida.
La fricción es la conciencia del reencuentro con la piedra, con la dureza y lo áspero del terreno. Un terreno que duele, pero que también cincela. Y la Tierra que abraza es la misma que pule, suavizando cada arista del alma nueva, como la montaña se redondea con la caricia o los golpes del agua y el viento.
A cada deseo acuciante, más desapego. A cada dolor, más compasión. A cada visión inexacta, más amplitud. Al agotamiento, descansar en el barro. Al error, más curiosidad.
A la vida, honestidad radical. Pasión en lo posible, cuidarse y cuidar.
Y atravesar el cielo como la estrella fugaz que somos: brillante, abrasadora. Dejando que el cielo mismo la consuma, y transformándose en el proceso.
Esa es la verdadera alquimia.