Primavera agostada

Camino entre arboladas de un pequeño rincón sombreado en los Montes de Toledo. La primavera muestra, cansada, atisbos de sus esplendor. La jara, el romero y los lirios florecen en la ladera escondida. Los cantos diversos de los pájaros encandilan, y la atención descansa en una suerte de paraíso terrenal.

Este año, sin embargo, hay algo diferente: por primera vez los pastos amarillean en pleno mes de abril. El fuego asola los montes, normalmente húmedos y frescos en esta época del año.

Las flores apenas han nacido para marchitarse otra vez. La semilla no ha tenido tiempo de germinar. El silencio tras el canto de los pájaros atrona una carencia: la de insectos que polinicen el mundo responsables, en su pequeña magnificencia, del nacimiento último de las flores, de la expansión y el mantenimiento de un ecosistema que solo da muestras calladas de las consecuencias de una sequía que se tiende a perpetuar.

Lo más aterrador: esto solo acaba de empezar. ¿Qué señales necesitamos? ¿No bastan unos pastos agostados en abril? ¿Ni un Ártico helado que se desvanece? ¿Ni unos embalses vacíos hasta niveles que no vimos jamás?

¿Hasta cuándo vamos a esperar para dar un giro al timón? ¿Tendremos la oportunidad de volver al regazo de la Tierra, de restablecer un encuentro de mutuo cuidado, de simbiosis donde ambas partes ofrecen, y ambas ganan a la vez?

Y, lo más importante quizá, ¿qué podemos hacer cada uno de nosotros en nuestro entorno? Aunque a veces el desánimo y la impotencia nos lleven a la parálisis, lo cierto es que nada es demasiado pequeño.

Sobre esto, hay una historia particularmente bella: en la filosofía buddhista se representa a veces a Avalokiteshvara, el dios de la compasión, como una deidad dotada de mil brazos dispuestos al alivio del sufrimiento del mundo.

¿No hemos sentido todos en alguna ocasión el deseo de ser omnipotentes para remediar, de un plumazo, los problemas de la Tierra? Y, sin embargo, la consciencia de nuestra poca capacidad nos lleva a menudo al desánimo y, quizá, al cinismo y a una huelga más o menos encubierta de “brazos caídos”: la forma social que adopta la muy personal indefensión aprendida.

Sin embargo, la imagen del dios de los mil brazos nos recuerda que sí tenemos, efectivamente, mil brazos para actuar: los de todas las personas que, unidas, avanzan con un mismo rumbo, con una misma intención —y formas de diversas de ejecución—.

Nunca subestimes el poder de tus brazos. Quizá te sirva, como a mí, una frase que me acompaña desde hace tiempo, una suerte de mantra personal que empecé a emplear en mis tiempos de madre primeriza cuasi sobrepasada: “Haz lo que puedas”.

Hacer lo que se pueda. Avanzar paso a paso, con perseverancia y equilibrio.

De pequeñas acciones que suman nacen los cambios de rumbo.

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