Destellos en la negrura (presencia)

Un “juego” literario y una de los ejercicios creativos que más disfruto es mostrar, a través de la escritura, como cada momento, por romo que parezca, es único, especial, distinto y dotado de la posibilidad de ser amado. Hay una forma sencilla de hacerlo: visualiza ahora el futuro y nota cómo esta circunstancia, con toda seguridad, un día no existirá. Este momento, quizá, cobre entonces una nueva dimensión

El traqueteo del tren que marcha camino a Aranjuez agita las pantallas y a sus dueños, absortos y deslizando el pulgar una y otra vez mientras mientras observan su dispositivo —hurtador de almas—, con gesto perdido.

Un suave murmullo recuerda el viejo arte de la conversación, y algunos rebeldes contemplan el paisaje o el infinito, perdidos quizá en sus propios bosques de pensamientos.

En las ventanas se deslizan figuras que recuerdan vagamente a edificios en la negrura salpicados de centellas anaranjadas: las luces de la ciudad dormida.

Una capa de ciega normalidad arropa a los presentes (ausentes). Un momento neutro, romo, rebosante de tedio. Un instante que, parece, podría ser borrado del mapa, de un brochazo seco. Apenas nada.

Y, sin embargo, esta supuesta normalidad está abocada a desaparecer: es efímera. Cuando las fuerzas nos abandonen, recordaremos con gusto estos tiempos en las que las piernas nos sostenían y acudíamos con fuerza a buscar el pan y la ilusión de nuestros hijos.

Entonces repararemos en que, en esa negrura grisácea, había destellos de felicidad.

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Aire fresco (en el edificio dormido)