Visión (un anhelo)
Esta es la paradoja del ser humano: anhelamos una brújula, una Estrella Polar, algo que sea cierto, estable, verdadero. Y a la vez, lo único que existe, de alguna manera, es este instante, en el que se funde la Tierra concretada con el sueño de la consciencia, tan evanescente como real.
A menudo me encuentro anhelando una visión, una intención que guíe, si fuera posible, cada uno de mis pasos. Y lo que encuentro es que esta solo se materializa en la insignificancia aparente del momento presente. Entonces se hace amplia, eterna, capaz de un crecimiento inmenso, abrumador.
Tan solo en el hacer se realiza ese ver. El camino surge a cada paso. Y es un camino hermoso, prometedor, deslumbrante, cuando lo damos con cierto estado mental, claro a la vez que cálido, vital y al tiempo sereno.
Sin embargo a veces, como una lágrima, nos derramamos por el abismo del ansia, que busca certezas donde no las hay, donde nunca las ha de haber, porque no están inscritas en el ADN de la vida sino que este, en última instancia, es neutro, carente de sentido o, en todo caso, dotado de un sentido que solo nosotros le asignamos.
El estado de la mente-corazón no es el fin en sí mismo, pero sí es el camino.
El anhelo de una visión clara es doloroso cuando es impaciente y no se plasma en lo concreto. Buscamos atrapar fantasmas con un cazamariposas, en vano. Es, sin embargo, alegre y juguetón cuando hunde sus manos en la Tierra y planta semillas con el ánimo de un niño. Sin seguridad, sin certeza, y con desprendimiento total.
Tienes derecho a la obra, mas no al resultado, reza el Bhagavad Ghita. Del mismo modo la visión se concreta al tocar el barro y, como escultor, juegas a crear un avatar sin saber si, como Miguel Ángel, podrás decir: “levántate y anda”, y permitir que tenga vida propia más allá de ti —el mayor regalo para un artista—.
La visión es dolorosa cuando es impulso a que se concrete ya cualquier deseo encaminado tan solo a engordar el ego. Sin embargo, ese mismo vivir es amoroso y dulce cuando se plasma en la acción aterrizada, en el barro imperfecto y a la vez tremendamente vivo, sucio, áspero y repulsivo y, a la vez, sagrado, eterno, revelador.
Porque no hay nada más especial que aquello que tienes entre manos precisamente ahora. Aquello que es, a la vez, cotidiano. La pregunta: ¿es el estado de la mente adecuado para dar cuenta de ello, o nos perdemos en un automatismo que no nos deja ver?
Ampliar espacios. Vivir atentos. Y ser amables con aquello que no es como nos gustaría. Posibles caminos a recorrer.