Presunta normalidad

Hay momentos en los que uno se pregunta, ¿por qué escribir? Si nada sucede digno de mención —tremenda expresión—, si el tiempo se desliza como por una ladera tan suave como imperceptible, si hay hasta placer, pero tan sutil que podría pasar inadvertido.

La magia está en la mirada. En la atención que se torna granular, que ahonda en los detalles, que vagamundea con curiosidad de niño.

Mi paraíso particular en este momento es un árbol que se dibuja en la ventana. Sus hojas se mecen al compás del viento, sus ramas apuntan hacia el cielo, como manos que se elevan a lo más alto. Me gusta imaginar la suave consciencia del arbolito, la compasión del político que pensó que, incluso en un rincón de los confines de Madrid, hace falta un atisbo de naturaleza.

La imaginación vuela a lugares de verde esplendoroso, de aguas que bailan en la torrentera, horizontes inmensos en los que la mirada se amplía y, con ella, se abre el corazón. ¿Echo de menos los campos? Sí, sin duda. A la vez, la ciudad otorga el espacio en el que la vida se facilita y las ideas fluyen con facilidad.

La ciudad otorga el reto de ser feliz en cualquier sitio. De cuidar el espacio interno y notar cómo, desde esta espaciosidad, emerge la experiencia, coloreada por la lente de la mirada, el roce, la agitación o la calma.

El núcleo de mi práctica ahora es soltar y estar presente. Lo primero implica el desaferramiento a cualquier idea que implique que solo seré feliz de esta o aquella manera. Mentira, lo sé. Lo suelto todo. Dejo ir. Calma, alivio, serenidad cálida, plácida y sencilla.

Lo segundo implica dar cuenta de todas las veces que me voy. Tantas… Y vuelvo, y vuelvo otra vez. Solo la intención es enormemente valiosa, y cristaliza en momentos tan poderosos como el Sol.

A la vez, la hermosura de dejarme ser quien soy, sin exigencias. De dar cuenta del valor del ser humano, de los seres vivos, tal y como son. Y de nuevo soltar, soltar, soltar.

Amor es real cuando es amor a lo que es. Lo demás son enemigos disfrazados, víctimas y victimarios, realidades retorcidas que hacen daño.

El equilibrio nace de dejarse ser, y atestiguarlo desde una cierta serenidad.

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