Creatividad
Una de las ideas más comunes de la antigüedad acerca del ser creativo era que las ideas no son propiedad de nadie sino que, más bien, revolotean por el éter hasta encontrar una mente propicia a través de la cual cobrar vida, como si de una energía encarnada se tratara.
A veces las ideas emergen, aparentemente sólidas, entre brumas de pensamientos. Parece que siempre estarán allí, que nunca las olvidaremos. Sin embargo, ay si no las atrapamos en un boceto, un borrador rápido o unas pocas frases garrapateadas. Si no les damos caza, al día siguiente se habrán volatilizado. Serán “aire” de nuevo y, posiblemente, no las volvamos a ver nunca.
Así, el “prender” ideas y dotarlas de vida transmutada es cuestión, en buena parte, de voluntad. Uno ha de decidir atraparlas y poner un cierto esfuerzo en su creación. Porque lo fácil, la inercia, conduce a seguir tumbado rumiando esos fantasmas que podrían tornarse en realidad.
Uno ha de decidir estar atento a cuando surjan para, inmediatamente después, guardarlas en lugar seguro, hasta que llegue el momento de sembrarlas, regarlas generosamente y nutrirlas de la mejor manera posible.
Se necesita, además, de un equilibrio entre disciplina y diversión. Disciplina, porque finalmente se trata de un trabajo. Uno está ahí, escribiendo, sentado durante horas cuando podría estar, qué sé yo, bailando, o caminando por la montaña y sintiendo el roce de la brisa en las mejillas.
Pero decide seguir. Vencer la inercia y empezar. Decirse a uno mismo, si la pesadez es grande: “Solo 5 minutos. Tan solo 5 minutos y con eso es suficiente”. Y la corriente de agua cambia entonces de sentido, y ahora nos empuja a seguir, teclear, transcribir esos pensamientos que una voz antigua nos susurra al oído, con voz queda.
Entonces empieza la diversión. Una vez escuché: “Si fracasas en crear, donde fracasas es en divertirte”. Si te diviertes sigues, y sigues, sin esfuerzo. Y emerge el estado de flujo, ese tan gustoso en el que el sentido del yo, del tiempo y el espacio desaparecen, y resta un bienestar fluido, como deslizarse por una ola de placer sencillo.
Si además se emplean los conocimientos acumulados a lo largo de la vida —no todos, solo aquellos que están “vivos”, que son significativos en este momento—, parece cerrarse un círculo de mente, cuerpo y emoción, que lleva a una experiencia sentida de gozo y plenitud.
Y es que, por unos momentos, todo el ser se implica: la alegría y el dolor, que no es arrojado a un lado ni escondido, sino que se alinea con la vida. Entonces el círculo se torna virtuoso, una suerte de amor vibrante y expansivo.
Al regar con ternura las heridas, el placer y la amalgama entera de la propia historia, surge la belleza del nacimiento. Obras enteras que, arrojadas al mundo, construyen los meandros danzantes de la experiencia humana.