Del coraje, el abismo y ‘acertar’
¿Sabes qué es lo más importante del coraje?
Que, para existir, requiere del miedo.
Que son dos caras de la misma moneda, dos partes del mismo proceso, la luz y la oscuridad de la misma habitación.
El miedo es la tiniebla, la fiera que imaginamos al acecho, la ponzoña que amenaza con la asfixia, la pérdida, el ahogo ineludible.
El coraje es saltar sin saber en qué momento surgirá el suelo bajo los pies.
Los miedos no son siempre irreales. A veces nos protegen, no tanto de la muerte —que también—, pero sí, a menudo, de una buena bofetada.
El reto está en discernir. En distinguir los falsos miedos de los reales. En atender la legítima necesidad de una cierta estabilidad, de un cierto cuidado y, a la vez, asomarse a los márgenes en los que crece el alma, el ser, esa parte de uno mismo que anhela descubrir.
El coraje implica alzar la espada contra el monstruo imaginario y rasgarlo comprobando que, en el fondo, era solo una ilusión.
Pero la lucha es real. Se afronta en la incertidumbre de no distinguir la falacia de la certeza, el espejismo de la realidad, el sueño del futuro que se hace palpable, o no.
Tras el abismo del coraje, sin embargo, aguarda el néctar de la decisión que se siente acertada, el éxtasis de la claridad, la alegría de haber seguido un camino alineado con quienes somos.
Porque ‘acertar’ no es conseguir un desenlace imaginado. Es, más bien, andar en una dirección que sentimos como ‘cierta’, verdadera, coherente con el impulso que percibimos (en este momento).
Esto implica, claro está, un desapego total al resultado.
No se trata de ser un kamikaze. Puedes nadar y guardar la ropa.
Pero nada. Zambúllete en esas aguas que parecen sólidas, espejadas, y que se tornan transparentes apenas te sumerges en su abrazo fresco y fluido.
El aprendizaje está en la acción (y no en los fantasmas de la mente).