El fin y su proceso
Una antigua historia cuenta cómo una madre llegó, entre sollozos, ante el Buddha, suplicando por la curación de su hijo fallecido. Este le dijo: “Cuando traigas tres semillas de mostaza procedentes de un hogar que no haya sido visitado por la muerte, te ayudaré con lo que pides”. Ella partió, recorriendo pueblos, llamando a cada puerta. No encontró lo que buscaba: todas las familias habían sido visitadas por la de la guadaña.
Saber que no hay nada más común a la vida que su comienzo y fin no alivia el dolor que sentimos cuando llega cerca. Sí nos conecta como seres humanos, nos permite estar unidos en el malestar y más cercanos al coraje y a la compasión.
En la distancia, la imagen de una persona querida en su propio proceso de finitud acude a mi mente. El cuerpo se dirige hacia allí, mas encuentro frenos. ¿Es de ayuda, es el momento adecuado, realmente mi presencia hace algún bien? Respiro. Nadie dijo que fuera fácil.
Cada fin encierra en su seno la semilla de un comienzo. Qué importa recordarlo, cuando el dolor se extiende en el cuerpo como los ecos de una batalla. Las voces de los pequeños se escuchan en la habitación contigua. Ellos siempre conducen al presente, son el recuerdo más fehaciente de que la vida no se detiene. A veces subes a la ola y a veces te pasa por encima pero siempre, hasta el momento, alcanzas a elevar el rostro y sentir el aire atravesando la garganta.
El fin es doloroso. Nadie puede sustraernos a ello. Se trata de algo tan corporal… El cuerpo es deseo de vitalidad, anhelo de vida. Y, sin embargo, existe un alivio en dejarse deslizar en lo que hay, en descansar en la aceptación radical, en percibir la conexión de la ruptura compartida, ese desgajarnos del cuerpo que conduce a la disolución.
Hay momentos de alegría y momentos de dolor. Instantes de renovarse e instantes de dejarse morir, de acompasarse con el ir y venir del tiempo, con su péndulo inexorable, detonante de las formas y el cambio y todo aquello que conforma la diversidad infinita.
A veces no hay nada más que descansar en la tristeza y dejarse sentir.
Y abrirse al nuevo día, y notar el cambio, cómo las flores del tiempo se abren, se muestran refulgentes y se diluyen, en el mismo flujo que las vio nacer.