Cielo ardiente, mente inquieta (es la atención lo que transforma)

Cuando hablamos de práctica de escritura, como en la vida, tenemos dos opciones: una, actuar desde el mejor estado mental posible y notar cómo el resultado agradece ese equilibrio previo; y dos, actuar en este caso, escribirdesde la niebla mental. Lo cierto es que es la atención lo que transforma. La vitalidad descansa, o puede descansar, en la escritura misma

El aire en el exterior de la habitación dibuja retazos de llamas transparentes que azotan el rostro y marchitan el alma. El cuerpo se torna pesado, el pensamiento parece avanzar con dificultad, como electricidad a través de gelatina líquida, pastosa. Me resisto a combatir el fuego con más fuego. A pelear el calor con las mismas armas que lo crearon: el aire acondicionado como símbolo de nuestra voracidad, del ansia por el placer continuo, de la dependencia de una vida roma, cómoda, sin los altibajos de placer y displacer físicos que han acompañado a nuestros ancestros desde el nacimiento de la humanidad...

Podría darme un chapuzón de agua helada que impulse la sangre y, con ella, la vitalidad, por todo el cuerpo, y de hecho lo haré. Pero no quería dejar de explorar por, al menos, unos instantes, este tiempo de pesadez y atención inquieta, porque esa es la premisa de la exploración: que podemos investigar cualquier estado sin enjuiciarlo, sin identificarnos con ello, sabiendo que es cambiante y que eso, precisamente eso, es la base de la práctica.

El juicio latente dice que tires la toalla, que este no es el estado desde el que hacer práctica de escritura, que por más que te esfuerces nada saldrá que tenga un mínimo de interés.

Y otra voz surge en el espacio de la mente que dice: “Solo sigue, Lorena. Solo sigue, y di la verdad”.

La verdad, o lo que siento ahora mismo como tal, es que es la atención lo que transforma. ¿Puedes observar cómo el cuerpo se aplasta sin vitalidad y los pensamientos se abren paso a través de una maleza espesa? ¿Puedes no juzgarte por ello sabiendo que es normal, y más en un ambiente de más de 40 grados centígrados y tras una noche de poco descanso? ¿Puedes observarlo con curiosidad y preguntarte: “Y de esto, ¿qué puedo aprender?”, y descansar en la pregunta, sin enjuiciarte —o sin enjuiciar el juicio—?

No vale, además, cualquier tipo de atención. Los textos hablan de apertura, amabilidad, afecto. En ocasiones lo he llamado “una atención que acaricia”. Uno de los ejercicios que más disfruto es percibir las sensaciones en el eje de la columna, a la altura de la médula espinal y hasta la cima de la cabeza. Voy recorriendo estas sensaciones desde la base de la columna hasta la coronilla en la inhalación, y en el sentido inverso en la exhalación. Se podría decir que llevo la atención a esta parte del cuerpo en sincronía con la respiración, pero no es cierto: en realidad es una ‘caricia’ atencional, hay un afecto profundo en la mirada y, en poco tiempo, siento cómo el cuerpo se llena de vitalidad y de una calma oceánica, ajena a cualquier acontecimiento externo y, a la vez, con una integración sentida que va más allá, o eso parece, de este cuerpo placentero y doliente.

Puedo, por supuesto, transformar el entorno, y en breve caminaré hacia esa otra parte del estío: el agua fresca, el juego con mis hijos, la indolencia sencilla. Pero estos momentos de exploración me recuerdan una parte importante de la práctica: que, suceda lo que suceda, puedo observar lo que acontece sin dejar que me defina, más bien notando cómo son las olas en este momento; y que cualquier instante, cualquiera, es una oportunidad de aprendizaje. En este caso, que la vitalidad se encuentra en la escritura misma, incluso en medio de un desierto ardiente y un cuerpo que se desmorona. Notando que el cuidado es una forma de respuesta sabia que incluye el dejar ir los objetivos de los que la mente queda prendada.

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