Contento: Espacio sencillo, calidez fresca
Salir de la dinámica del logro y el ‘chute’ dopaminérgico de la recompensa inmediata es el gran reto. No porque el placer en sí mismo sea dañino —benditos sean los grandes placeres pequeños, como este percibir el golpeteo de las teclas bajo las yemas de los dedos—, sino por la dinámica subsecuente que le suele seguir: quiero más, dónde está, quién soy yo sin ese refuerzo continuo… Habitar aquello que te proporciona contento, una posible brújula para el día a día
Me resulta llamativo cómo confundimos placer con bienestar. El placer implica, inevitablemente, subidas y bajadas. Digamos que no puedes subir la montaña rusa sin precipitarte después al vacío. Esto tiene que ver el circuito dopaminérgico, las subidas de dopamina y el agotamiento de la línea base, pero lo puedes ver de una manera muy sencilla también: echa la vista atrás. Después de tocar el cielo viene, de manera inevitable, el cieno.
En la ciencia contemplativa se cultiva, más bien, el “contento”. El contento no tiene que ver con ninguna circunstancia externa particular. Es decir, no es ese aumento de sueldo, ni ese trabajo soñado, ni ese proyecto que va a cambiar —por fin— tu vida entera. Tiene que ver, más bien, con un estado interno. Un estado que se podría definir, en una sola palabra, como “equilibrado”.
Y, ¿cómo lograr ese equilibrio? Ah, esa es la gran pregunta. Ante todo, el equilibrio es un estado dinámico. Hay una postura en yoga que consiste en llevar una pierna hacia atrás, el tronco hacia adelante, los brazos en cruz… como si fueras a echar a volar. Lo que sucede, sin embargo, es que te empiezas a tambalear hacia los lados. El pensamiento se detiene y el cuerpo toma las riendas: sabe bien lo que ha de hacer. La propiocepción decide y el cuerpo dialoga con el flujo de la experiencia, cambiante, llena de energía, vibrante.
El contento tiene que ver con un equilibrio entre calma y vitalidad, con una mente que se percibe como espaciosa —frente al atiborramiento de pensamientos que nace de la inquietud y el querer más— y un cuerpo inundado de una vitalidad serena que nos conecta, a su vez, con la posibilidad de soltarlo todo.
Soltar, es decir, dejar ir ideas obsesivas acerca de cómo deberían ser las cosas, nos conecta, paradójicamente, con la conciencia del inmenso valor de estar vivos, de percibir, de transitar este mundo encarnados en el cuerpo que nos conforma y, a la vez, nos permite escudriñar con intensidad esta aventura que es la vida, efímera, sorprendente, dura a la vez que tierna, seca al tiempo que húmeda, fascinante y también tediosa: todo depende, en realidad, de un estado interno que también fluctúa, con todo lo que eso conlleva.
Recuerdo la primera vez que escuché, formándome en atención plena, la frase: “Observa todo lo que está bien dentro de ti”. Esa era la idea, al menos, que traspasó mi conciencia. Un pensamiento surgió y atravesó mi pecho, como una flecha: “No tienes ni idea de lo que pasa en mi vida”. Mi esperanza era “arreglar” todo lo que no estaba bien, más que reparar en aquello que ya es hermoso.
Ahora veo cómo una maleza casi impenetrable cubría la espaciosidad de mente y cuerpo. A veces sigue estando ahí, pero no voy a negar que ver la luminosidad que se esconde tras la maraña de pensamientos, aunque sea de cuando en cuando, es como llegar a un oasis y calmar la sed.
Ahora, justo ahora, esa sensación de contento está presente. Una conciencia de la amplitud que se ve salpicada de una gota de impaciencia, de la nostalgia sobrevenida de saber que “esto también pasará”. Una estrella fugaz que vuelve al horizonte de la mirada amplia, la conciencia del silencio, el enorme espacio que me permite recordar que, pase lo que pase, siempre hay margen de elección.
Y en esa elección está la clave. En ese, aparentemente quizá, pequeño cambio de rumbo.
¿Hacia dónde te conduce?