Confianza

En los días de calor más intenso, el aire se torna pesado como una lona que cayera sobre los hombros. La retirada a un pequeño pueblo en los Montes de Toledo, cuna de ancestros, invita a la parada y la reflexión sobre futuros caminos, trazos en el aire que dibujamos con pretendida intencionalidad aunque en buena parte, más bien, pareciera que es la vida la que se expresa a través de nosotros.

En la tarde de calor de fuego, primeros años de los efectos palpables de un cambio climático tantas veces anunciado, la mente ronda ideas acerca de hasta qué punto podemos confiar y, simplemente, permitir que la vida obre a través de nosotros.

Confiar no es pasividad. Más bien es un acto de observación. Una percepción acerca del movimiento interno que pugna por salir y un obrar en alegría, casi como dejándote arrastrar, sin esfuerzo, es decir, sin lucha, sin fricción.

Es también una suerte de comunión entre lo externo y lo interno. Así, no hay respuestas únicas correctas sino, más bien, la intersección gozosa de lo de fuera con lo de dentro. De las condiciones únicas que han dado lugar a este ser humano consciente, a las condiciones irrepetibles que configuran este momento.

No sé si es posible vivir siempre en confianza: sigo aprendiendo. Pero sí sé que es posible habitar ese espacio a intervalos, deslizarte en él como cuando te permites caer en el sueño, abandonándote y sabiendo, a la vez, que estás a punto de desaparecer y de entrar, desde el no hacer, en un proceso esencial que contribuirá a construirte como ser humano.

La confianza en el sentido de rendición, de abrirse a lo que hay, se relaciona con el estado de flujo: ese momento en el que desaparece el sentido del yo y el tiempo parece que se desvanece. Lo interesante es que desaparece el sentido del yo porque la atención está completamente volcada en la tarea, y me pregunto si también en una tarea orientada hacia los otros: ahora mismo, al golpetear el teclado construyendo palabras que construyen párrafos que dibujan ideas, te estoy escribiendo una carta, y esa acción es, precisamente, la que produce un desgarro, una rotura, una grieta por la que se cuela el alma y parece fundirse con algo mayor que ella. El alivio profundo se produce al abandonar el yo, lo que es tremendamente interesante, cuando nos pasamos la vida tratando de estabilizar un sentido del que —te contaré un secreto— es solo una ficción. Una ilusión óptica similar a la de una cuerda que volteas a toda velocidad, hasta que parece dibujar una elipse. Pensamientos, sensaciones y pulsiones conforman una narrativa de la que es difícil escapar, de la que nace el miedo: pánico a que se desmorone la historia acerca de nosotros mismos que nos contamos sin cesar.

La confianza, en el fondo, nace de dejar ir esta idea del yo y enfocarnos en los otros. En la compasión, en la construcción de una red de nodos, en esencia vacíos, pero que por eso mismo pueden construir una malla fuerte, que sostiene, da forma y crea caminos, ficciones de nuevo de tal densidad que se tornan reales, que tienden puentes y se sacan, entre sí, del pozo oscuro en el que nos sume el aislamiento.

La soledad, por supuesto, puede ser también gozosa cuando es tiempo de (re)conexión. Pero en última instancia necesitamos volcarnos hacia afuera. De esa semilla de atención, regada con el néctar de la calidez, nacen las plantas que germinarán en el tiempo propicio. Quizá en la primavera, después del estío.

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